A las 06:29 del 7 de octubre de 2023, miles de personas en el sur de Israel todavía dormían.
Otras bailaban.
En el festival Nova había jóvenes que llevaban horas celebrando al aire libre. En Be’eri, Kfar Aza, Nir Oz y Nahal Oz había familias dentro de sus casas. Soldados de guardia miraban una frontera que Israel había llenado de cámaras, sensores, torres automáticas, radares y kilómetros de hormigón.
Entonces llegaron los cohetes.
Después se abrió la frontera.
No de forma figurada. Se abrió físicamente.
Explosivos, excavadoras, motocicletas, camionetas, drones y parapentes atravesaron múltiples brechas mientras comandos de Hamás y otros grupos palestinos penetraban en puestos militares y comunidades civiles.
Lo que siguió no fue una batalla convencional.
Fue una matanza.
Más de 1.200 israelíes y ciudadanos extranjeros fueron asesinados. 251 personas fueron secuestradas y llevadas a Gaza: niños, ancianos, mujeres, hombres, soldados y civiles. Naciones Unidas encontró motivos razonables para creer que se produjeron violaciones y violaciones grupales en varios lugares y halló información clara y convincente sobre violencia sexual contra algunos rehenes durante su cautiverio.
El festival Nova, la carretera 232, Be’eri, Kfar Aza, Nir Oz y Nahal Oz dejaron de ser simples nombres en un mapa.
Se convirtieron en lugares de memoria.
Tres años después, esa es la primera obligación de cualquier balance: no empezar la historia en Gaza el 8 de octubre y no permitir que el 7 de octubre quede reducido a una nota al pie de todo lo que vino después.
Porque la guerra tuvo un detonante.
Y ese detonante fue una operación planificada por Hamás que atravesó una frontera internacional para matar y secuestrar.
La tesis de este especial
El Estándar parte de una posición clara: Israel tenía el derecho y la obligación de defender a su población después del 7-O. Esa afirmación no convierte cada decisión militar israelí en correcta ni suspende el derecho internacional humanitario. Tampoco obliga a ignorar el sufrimiento palestino.
Significa algo más elemental.
Una democracia no puede asumir como normal que una organización armada cruce su frontera, asesine a sus ciudadanos, secuestre a centenares de personas y regrese a un territorio desde el que promete repetirlo.
La pregunta nunca fue si Israel iba a responder.
La pregunta era cómo, hasta dónde y con qué estrategia para el día siguiente.
Tres años después sabemos que la respuesta cambió Oriente Medio.
Lo que todavía no sabemos es si consiguió construir un final.
1. El 7-O no fue un estallido espontáneo
Hamás no apareció de la nada aquella mañana.
Nació en 1987 durante la primera intifada como una derivación palestina de los Hermanos Musulmanes. Durante décadas combinó organización religiosa y social, poder político y un brazo militar dedicado a combatir a Israel.
Ganó las elecciones legislativas palestinas de 2006 y, tras una guerra interna con Fatah, tomó el control efectivo de Gaza en 2007.
Desde entonces, la Franja quedó políticamente separada de Cisjordania.
La Autoridad Palestina mantuvo un gobierno limitado en partes de Cisjordania. Hamás levantó en Gaza su propia administración, su aparato de seguridad y una infraestructura militar cada vez más sofisticada: túneles, fabricación de cohetes, unidades de comandos, redes de contrabando y sistemas de financiación internos y externos.
Israel y Egipto restringieron fuertemente la circulación alrededor de Gaza.
Hubo guerras en 2008-2009, 2012, 2014 y 2021.
Y entre guerra y guerra se consolidó una idea que terminaría siendo fatal para Israel: Hamás podía ser contenido.
No había que derrotarlo definitivamente.
Bastaba con castigarlo cuando cruzara determinadas líneas, limitar su arsenal, comprar periodos de calma y permitir suficiente actividad económica para evitar una explosión mayor.
La doctrina recibió muchos nombres.
El 7 de octubre recibió su veredicto.
2. El gran fracaso israelí
Ser inequívocamente solidario con Israel no obliga a falsificar su historia.
El 7-O fue también uno de los mayores fracasos de inteligencia, mando y preparación de la historia israelí.
Hamás consiguió preparar una operación compleja detrás de una imagen de relativa contención.
Israel disponía de vigilancia aérea, inteligencia electrónica, puestos fortificados, sensores y una barrera tecnológica que era presentada como una de las fronteras más vigiladas del mundo.
Nada de eso impidió la ruptura simultánea del perímetro.
Los atacantes inutilizaron sistemas de observación, saturaron la defensa con cohetes, abrieron pasos y llegaron a comunidades civiles antes de que el Estado comprendiera la magnitud de lo que estaba ocurriendo.
En algunos lugares, la ayuda tardó horas.
Hubo civiles encerrados en habitaciones de seguridad escuchando disparos mientras llamaban una y otra vez a unas autoridades que todavía intentaban recomponer la cadena de mando.
Ese fracaso importa porque explica la intensidad de todo lo que vino después.
Para una parte de la sociedad israelí, el contrato básico del Estado se había roto.
El país construido para que los judíos no volvieran a depender de que otro los protegiera había sido incapaz de proteger a sus ciudadanos dentro de sus propias casas.
Tres años después, familias de víctimas y supervivientes continúan reclamando una investigación estatal independiente.
Recordar el 7-O incluye también exigir esa rendición de cuentas.
3. Irán: la arquitectura que convirtió milicias en una estrategia regional
La guerra no puede entenderse mirando únicamente Gaza.
Durante décadas, Irán construyó una forma de poder diseñada para compensar sus limitaciones militares convencionales.
En lugar de depender exclusivamente de sus propias fuerzas, la República Islámica financió, armó, entrenó y asesoró organizaciones capaces de presionar a Israel, Estados Unidos y gobiernos árabes desde distintos territorios.
La Fuerza Quds de la Guardia Revolucionaria fue la herramienta central.
Hezbolá fue su proyecto más acabado.
La organización chií libanesa nació a comienzos de los años ochenta bajo influencia directa iraní y evolucionó hasta convertirse en un actor armado con capacidad para amenazar prácticamente todo Israel con cohetes y misiles.
Hamás era diferente.
Suní, palestino y con mando propio, atravesó etapas de mayor y menor proximidad con Teherán. Pero Irán terminó convirtiéndose en uno de sus principales patrocinadores militares.
El Departamento del Tesoro estadounidense documentó redes que movieron decenas de millones de dólares desde la Fuerza Quds al brazo militar de Hamás a través de facilitadores relacionados con Hezbolá. Washington estimó durante distintos periodos un apoyo de alrededor de 100 millones de dólares anuales para Hamás, la Yihad Islámica Palestina y otros grupos palestinos.
No era solo dinero.
Era entrenamiento.
Era conocimiento para fabricar cohetes.
Era experiencia en guerra irregular.
Era acceso a una red regional de proveedores, facilitadores, contrabando y financiación.
La Yihad Islámica Palestina mantuvo una dependencia todavía mayor de Teherán.
Pero una cosa debe quedar escrita con precisión: el patrocinio iraní está probado; una orden iraní para ejecutar el 7-O no lo está.
La inteligencia estadounidense afirmó que no tenía indicios de que Irán o sus proxies hubieran conocido de antemano el ataque.
Esto no absuelve a Teherán de haber construido una arquitectura que fortaleció a Hamás.
Explica algo más inquietante.
El modelo iraní había madurado hasta el punto de que algunos de sus socios podían lanzar operaciones de enorme escala sin necesitar una orden táctica desde Teherán.
Eso era precisamente lo que hacía poderosa a la red.
4. Qatar: el dinero que sostuvo Gaza y la ambigüedad que sobrevivió a todos
Qatar ocupa un lugar más incómodo.
Doha no fue para Hamás lo que Teherán fue militarmente.
Su influencia era política, financiera y diplomática.
Qatar alojó durante años a la dirección política de Hamás y ofreció espacio a dirigentes como Ismail Haniyeh y Khaled Meshaal.
También se convirtió en uno de los principales financiadores de Gaza.
Después de la guerra de 2014 destinó más de 1.000 millones de dólares a reconstrucción y proyectos en la Franja y más tarde comprometió cientos de millones adicionales.
Parte del dinero sufragó combustible, ayuda a familias y salarios de funcionarios de la administración gazatí.
Pero aquí aparece una realidad que destruye las versiones demasiado simples:
Israel conocía buena parte de esos flujos.
Los aprobó.
Durante una etapa, el dinero catarí llegó incluso en efectivo a través de territorio israelí. Más tarde se sustituyeron algunos mecanismos por sistemas bancarios y de Naciones Unidas con mayor supervisión.
La lógica israelí era pragmática: evitar el colapso económico de Gaza podía comprar estabilidad.
El resultado fue una paradoja.
Qatar ayudó a sostener a una sociedad gobernada por Hamás, dio refugio político a su dirección y terminó convirtiéndose, precisamente por mantener esos canales, en uno de los mediadores imprescindibles para negociar rehenes y alto el fuego.
No existe prueba pública que permita afirmar que el Estado catarí financió directamente la operación del 7 de octubre.
Decirlo como hecho sería ir más allá de la evidencia.
Pero tampoco sería serio reducir el papel de Doha a beneficencia neutral.
Qatar ayudó a crear el entorno económico y diplomático dentro del cual Hamás pudo gobernar Gaza durante años.
Irán aportaba músculo militar.
Qatar aportaba oxígeno económico, interlocución y espacio político.
No eran lo mismo.
Formaban parte del mismo ecosistema.
5. Estados Unidos: la alianza que evitó que Israel combatiera completamente solo
La historia de los tres años posteriores al 7-O tampoco puede escribirse sin Estados Unidos.
Washington fue, desde las primeras horas, la retaguardia estratégica esencial de Israel.
Estados Unidos reforzó su presencia militar regional, sostuvo el suministro de armamento y munición, ayudó a la defensa contra amenazas aéreas y utilizó su peso diplomático para impedir que el conflicto se transformara inmediatamente en una guerra total en todos los frentes.
Cuando Irán lanzó directamente misiles y drones contra Israel, la defensa no fue exclusivamente israelí.
Activos estadounidenses y aliados regionales participaron en la interceptación de amenazas.
Ese punto es estratégico.
La alianza con Estados Unidos permitió a Israel combatir con la certeza de que una escalada existencial no tendría que afrontarse en completo aislamiento.
Pero Washington cumplió también el papel contrario: presionar.
Gobiernos estadounidenses exigieron aumentar ayuda humanitaria, limitar determinadas operaciones, buscar acuerdos sobre rehenes y construir una salida política.
La relación nunca fue una obediencia automática.
Fue una alianza.
En 2025, el plan impulsado por la administración Trump logró el avance diplomático que había parecido imposible durante casi dos años: la liberación de los últimos 20 rehenes israelíes que seguían vivos, a cambio de la excarcelación de cerca de 2.000 palestinos y una nueva fase de alto el fuego.
Y en febrero de 2026, con el conflicto iraní ya convertido en una amenaza regional abierta, Estados Unidos dejó de ser únicamente el principal aliado de Israel.
Entró directamente en guerra junto a él contra Irán.
Se puede debatir cada decisión estadounidense.
Lo que resulta mucho más difícil es imaginar estos tres años sin la arquitectura militar, financiera y diplomática de Washington.
Para Israel, Estados Unidos no fue un accesorio.
Fue el aliado que convirtió supervivencia, disuasión y capacidad de respuesta en una estrategia regional.
6. Israel respondió para impedir un segundo 7-O
Tras el ataque, el Gobierno israelí fijó dos objetivos: recuperar a los rehenes y destruir la capacidad militar y gubernamental de Hamás.
La campaña aérea comenzó inmediatamente.
La invasión terrestre llegó después.
Las Fuerzas de Defensa de Israel penetraron en el norte de Gaza, Khan Younis y Rafah. Atacaron túneles, centros de mando, depósitos de armas, lanzadores y dirigentes.
La premisa estratégica era sencilla:
si Hamás conservaba la capacidad de repetir el 7-O, la frontera volvería a ser una promesa vacía.
Ese objetivo explica la intensidad de la campaña.
No convierte automáticamente cada bombardeo en justificable.
El derecho de Israel a defender a sus ciudadanos no elimina la obligación de distinguir objetivos militares de población civil, minimizar daños y respetar el derecho internacional humanitario.
La guerra dejó una Gaza devastada.
A octubre de 2026, las autoridades sanitarias gazatíes sitúan en más de 74.000 los palestinos muertos desde el comienzo del conflicto. Sus estadísticas no ofrecen una separación completa entre civiles y combatientes, pero la escala de destrucción y sufrimiento es indiscutible.
Ese coste no puede esconderse.
Tampoco puede utilizarse para reescribir el origen de la guerra.
Las dos afirmaciones caben en la misma página.
7. Los golpes que cambiaron la guerra
No tiene sentido hablar de “mejores” ataques midiendo cadáveres.
Sí tiene sentido identificar las operaciones que cambiaron la capacidad del adversario, destruyeron cadenas de mando o penetraron sistemas que Irán y sus aliados creían seguros.
Ahí se encuentra la parte más extraordinaria de la respuesta israelí.
Mohammed Deif: eliminar al arquitecto militar
El 13 de julio de 2024 Israel atacó un área de Khan Younis para alcanzar a Mohammed Deif, jefe del brazo militar de Hamás y uno de los principales responsables de la planificación del 7-O.
Israel confirmó posteriormente su muerte.
Deif llevaba décadas sobreviviendo a intentos de asesinato.
Su eliminación destruyó una pieza de continuidad operacional de las Brigadas Al Qassam.
El coste civil fue elevado: las autoridades gazatíes situaron en alrededor de 90 las víctimas mortales del ataque.
Ese contraste acompaña toda la guerra.
Un objetivo puede ser militarmente legítimo y estratégicamente relevante, mientras la forma de atacarlo genera un coste humano que también debe ser evaluado.
Ismail Haniyeh: demostrar que Teherán tampoco era retaguardia segura
El 31 de julio de 2024 Ismail Haniyeh, dirigente político de Hamás, murió en Teherán después de acudir a la investidura del presidente iraní.
Israel no asumió inmediatamente la autoría.
Meses después, Israel Katz confirmó la responsabilidad israelí.
El mensaje estaba en el lugar.
La capital de la República Islámica tampoco era santuario.
La operación mostró una penetración de inteligencia capaz de alcanzar a una de las figuras más protegidas del ecosistema de Hamás dentro del territorio de su principal patrocinador militar.
También aumentó el riesgo de escalada y complicó unas negociaciones en las que Haniyeh había desempeñado un papel político.
La eficacia táctica y el coste diplomático coexistieron.
Los buscapersonas: cuando Hezbolá dejó de confiar en sus propias comunicaciones
En septiembre de 2024 miles de buscapersonas utilizados por miembros de Hezbolá explotaron casi simultáneamente en Líbano.
Al día siguiente lo hicieron centenares de walkie-talkies.
Reuters documentó que miles de dispositivos adquiridos por la organización habían sido manipulados antes de llegar a sus usuarios.
La operación produjo muertos y miles de heridos, incluidos miembros de Hezbolá y también personas que no participaban en hostilidades.
Desde el punto de vista de inteligencia, fue una penetración excepcional.
No solo dañó físicamente a la organización.
Destruyó confianza.
Un aparato clandestino depende de saber qué canales son seguros.
Durante horas, Hezbolá dejó de saberlo.
Ese tipo de golpe puede producir más efecto militar que una tonelada adicional de explosivos.
Hassan Nasrallah: derribar una figura central del sistema iraní
El 27 de septiembre de 2024 Israel mató en Beirut a Hassan Nasrallah, secretario general de Hezbolá durante más de tres décadas.
También murieron otros mandos de la organización y el general iraní Abbas Nilforoushan.
Nasrallah era mucho más que el jefe de una milicia.
Era el principal socio árabe de Irán, el dirigente de una organización armada con decenas de miles de combatientes y el rostro de una estrategia que durante años había permitido a Teherán amenazar a Israel sin combatir directamente.
Su muerte fue uno de los golpes más importantes contra el sistema regional iraní desde su creación.
Hezbolá sobrevivió.
Pero dejó de ser el mismo.
Yahya Sinwar: encontrar al hombre del 7-O
El 16 de octubre de 2024 soldados israelíes mataron en el sur de Gaza a Yahya Sinwar.
Era la figura que Israel identificaba como principal arquitecto político y operacional de la masacre.
La forma en que murió resultó casi anticlimática.
No fue localizado por una gran operación diseñada exclusivamente para él. Cayó en un encuentro de combate y fue identificado después.
El valor simbólico fue enorme.
El hombre que había ordenado una operación destinada a demostrar la vulnerabilidad israelí terminó muerto por soldados israelíes dentro de Gaza.
Pero incluso ese momento mostró el límite de la decapitación.
Hamás no desapareció.
Una organización puede sobrevivir a sus jefes.
Por eso una guerra no se gana únicamente tachando nombres de una lista.
8. De Gaza a Beirut, del mar Rojo a Teherán
Hezbolá abrió fuego desde Líbano en apoyo a Gaza.
Los hutíes atacaron Israel y navegación comercial en el mar Rojo.
Milicias iraquíes golpearon posiciones estadounidenses e israelíes.
Irán e Israel abandonaron progresivamente la vieja guerra clandestina y empezaron a intercambiar ataques directos.
En junio de 2025 Israel atacó instalaciones nucleares y militares iraníes. Irán respondió.
La guerra de doce días dañó capacidades críticas, pero no cerró el expediente nuclear.
El 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel lanzaron una nueva campaña contra Irán.
Los primeros ataques mataron al ayatolá Ali Jamenei, a altos mandos de la Guardia Revolucionaria y a miembros centrales del aparato de seguridad.
Irán respondió con misiles y drones contra Israel y posiciones estadounidenses.
El estrecho de Ormuz quedó gravemente alterado.
Instalaciones energéticas fueron atacadas.
La guerra entró en su octavo mes.
La cadena es brutalmente clara:
Gaza dejó de ser Gaza.
El ataque del 7-O activó una arquitectura regional de milicias y patrocinadores que llevaba décadas construyéndose.
Israel respondió desmontando sucesivamente capas de esa arquitectura.
Estados Unidos terminó entrando en el combate directo contra el Estado que había sostenido buena parte de ella.
Tres años después, el conflicto que empezó en unas comunidades agrícolas del sur de Israel afecta al petróleo mundial, al Golfo Pérsico, al Líbano, Yemen, Irak y al corazón de Irán.
9. ¿Destruyó Israel el eje iraní?
No.
Lo debilitó de manera que parecía improbable el 8 de octubre de 2023.
Hezbolá perdió a Nasrallah, numerosos mandos, redes de comunicaciones, infraestructura y parte de su libertad operacional.
Hamás perdió a Sinwar, Deif, Haniyeh, Marwan Issa, Saleh al-Arouri y una larga lista de comandantes.
Irán perdió a su líder supremo y a figuras clave de su aparato militar.
Las redes financieras también han sufrido.
En octubre de 2026, el Tesoro estadounidense sancionó una nueva arquitectura de financiación que habría movido más de dos millones de dólares hacia Hamás mediante falsas organizaciones benéficas y criptomonedas.
En agosto y septiembre, Washington amplió además la presión sobre las redes financieras de Hezbolá y otros aliados iraníes.
Ese esfuerzo estadounidense es parte de la guerra aunque no produzca imágenes de explosiones.
Un misil destruye una instalación. Una sanción bien dirigida intenta destruir la capacidad de reconstruirla.
Pero el eje no ha desaparecido.
Hamás conserva estructura en Gaza.
Hezbolá continúa armado.
Los hutíes siguen teniendo capacidad ofensiva.
Milicias iraquíes siguen vinculadas a Teherán.
Y la República Islámica, golpeada hasta su cúpula, no se ha derrumbado.
Una red puede perder a sus dirigentes y seguir existiendo.
La pregunta es cuánto tarda en recomponerse.
10. Los rehenes: la promesa que tardó dos años
Para Israel, ninguna cifra estratégica sustituyó durante dos años una palabra: rehenes.
Las fotografías estaban en aeropuertos, farolas, universidades, plazas y ventanas.
Las familias viajaron por el mundo.
Manifestaciones enteras acusaron al Gobierno de no hacer lo suficiente.
El 13 de octubre de 2025, dentro del plan impulsado por Donald Trump, Hamás entregó a los 20 últimos rehenes que seguían vivos.
Israel liberó a cerca de 2.000 palestinos dentro del acuerdo.
La imagen de los supervivientes regresando produjo uno de los pocos momentos de alegría colectiva desde el 7-O.
No todos volvieron.
Decenas habían muerto durante el cautiverio o la guerra.
Los supervivientes han descrito encierros en viviendas, túneles, hambre, heridas y meses en los que el tiempo dejó de funcionar de forma normal.
Algunos han reconstruido su vida.
Otros continúan haciéndolo.
El 7-O no terminó cuando se cerró una celda.
Para muchos de ellos todavía no ha terminado.
11. El plan estadounidense consiguió algo enorme y dejó pendiente lo imposible
El alto el fuego de octubre de 2025 demostró la capacidad de la diplomacia estadounidense cuando combinó presión sobre Israel, intermediarios árabes y una oferta suficientemente concreta para Hamás.
Liberó a los últimos rehenes vivos.
Redujo temporalmente la intensidad de la guerra.
Permitió un aumento de la ayuda.
Pero un año después sus objetivos estructurales siguen incompletos.
Hamás no está plenamente desarmado.
La fuerza internacional prevista para estabilizar Gaza no se ha desplegado de la forma originalmente concebida.
La reconstrucción apenas ha comenzado.
Israel controla alrededor de dos tercios de la Franja.
Más de 1,2 millones de gazatíes siguen afrontando inseguridad alimentaria aguda según las estimaciones citadas por Reuters.
El plan logró una cosa extraordinaria.
No logró todavía la más difícil:
crear un Gaza sin Hamás y sin ocupación militar permanente.
Ese sigue siendo el nudo.
12. Israel ganó muchas batallas. Todavía necesita ganar el día después
Tres años de guerra han demostrado una capacidad israelí formidable.
Israel ha eliminado a buena parte de la dirección de Hamás.
Ha degradado profundamente a Hezbolá.
Ha penetrado sus comunicaciones.
Ha demostrado capacidad para operar en Beirut y Teherán.
Ha golpeado instalaciones, mandos y redes iraníes.
Ha recuperado a los rehenes que seguían con vida.
Y, con Estados Unidos a su lado, ha llevado la amenaza hasta el centro del sistema que durante décadas financió y armó a organizaciones hostiles en sus fronteras.
Ese balance importa.
También importa lo que falta.
Porque Hamás sigue existiendo.
Porque Gaza sigue devastada.
Porque no existe todavía una autoridad palestina alternativa con legitimidad y capacidad suficiente para gobernar la Franja.
Porque Irán continúa combatiendo.
Porque Hezbolá aún conserva armas.
Y porque la sociedad israelí sigue sin haber cerrado la discusión sobre quién permitió que el 7-O fuera posible.
Israel ha demostrado que puede destruir.
La cuestión estratégica es si puede convertir esa destrucción en seguridad sostenible.
Ahí se separa una victoria militar de una victoria histórica.
13. Gaza: una verdad que Israel no necesita negar
Una posición proisraelí seria no necesita fingir que Gaza no existe.
La respuesta israelí ha causado una destrucción inmensa.
Las autoridades sanitarias de Gaza sitúan en más de 74.000 el número de palestinos muertos desde 2023. Grandes áreas urbanas quedaron reducidas a ruinas. Hospitales, carreteras, escuelas, viviendas e infraestructura básica resultaron dañados o destruidos.
Organismos de Naciones Unidas, ONG, gobiernos y tribunales internacionales han planteado acusaciones graves sobre la conducción de la guerra.
Israel rechaza muchas de ellas y sostiene que Hamás integró infraestructura militar en áreas civiles y utilizó túneles y edificios protegidos para operaciones.
Existe documentación sobre el uso militar de entornos civiles.
Eso no elimina las obligaciones israelíes.
Pero tampoco convierte a Hamás en espectador de una guerra que él decidió iniciar con una matanza.
No hay que borrar Gaza para recordar Israel.
Y no hay que borrar el 7-O para hablar de Gaza.
Las dos cosas deben poder ser verdad en la misma frase.
14. Lo que Estados Unidos e Israel aprendieron
El 7-O dejó varias certezas.
La primera: la disuasión no funciona cuando el enemigo interpreta la contención como debilidad.
La segunda: una red de proxies puede convertirse en una amenaza estratégica aunque ninguno de sus componentes sea, por sí solo, equivalente a un Estado.
La tercera: la tecnología no sustituye a la inteligencia humana, la preparación ni la capacidad de imaginar que el adversario hará aquello que parece irracional.
La cuarta: eliminar dirigentes puede desorganizar una estructura, pero no crea automáticamente una alternativa política.
Y la quinta: Israel puede ganar muchas guerras tácticas en solitario, pero su margen estratégico es incomparablemente mayor cuando Estados Unidos decide que su seguridad forma parte también de la arquitectura de seguridad estadounidense.
Ese fue uno de los grandes hechos de estos tres años.
Israel sobrevivió al peor día de su historia.
Estados Unidos decidió que no lo haría solo.
15. Tres años después
Hoy, tres años después, las fotografías siguen en Re’im.
Hay árboles con nombres.
Hay banderas.
Hay objetos que pertenecieron a jóvenes que nunca volvieron del festival.
Hay familias que aprendieron a vivir alrededor de una silla vacía.
Hay supervivientes que todavía miran una puerta y calculan cuánto tardarían en cerrarla.
Hay antiguos rehenes que celebran cosas tan pequeñas como abrir una nevera, beber agua fría o dormir sin escuchar pasos al otro lado de una pared.
Y hay un país que continúa preguntándose cómo pudo ocurrir.
Ese es el verdadero peso del 7 de octubre.
No solo cambió la política de Israel.
Cambió su idea de seguridad.
Cambió la relación entre Israel e Irán.
Cambió a Hezbolá.
Cambió Gaza.
Cambió la presencia estadounidense en Oriente Medio.
Cambió rutas marítimas, mercados energéticos y alianzas.
Y convirtió una madrugada en una línea divisoria.
Antes.
Después.
No olvidar qué empezó
La guerra posterior será estudiada durante décadas.
Se estudiarán sus errores.
Sus excesos.
Sus operaciones de inteligencia.
Sus innovaciones militares.
La destrucción de Gaza.
La caída de dirigentes que parecían intocables.
El papel de Trump.
La guerra con Irán.
La responsabilidad de Netanyahu.
El fracaso del aparato de seguridad israelí.
Todo eso importa.
Pero hay una frase que no debería desaparecer bajo ninguna de esas capas:
el 7 de octubre de 2023, Hamás cruzó la frontera hacia Israel y llevó la guerra deliberadamente a las casas, las carreteras y una fiesta llena de civiles.
Ese fue el comienzo.
Israel respondió porque ningún Estado que pretenda seguir siendo Estado puede aceptar que aquello se convierta en precedente.
Estados Unidos lo sostuvo porque la alianza occidental en Oriente Medio también se juega en la respuesta a quienes convierten el terrorismo, los proxies y la toma de rehenes en instrumentos de estrategia.
Tres años después, todavía no sabemos cómo terminará esta guerra.
Sí sabemos lo que no puede ser su final:
que el 7 de octubre se convierta en una fecha borrosa.
Que sus víctimas sean transformadas en contexto.
Que los secuestrados se conviertan en una estadística.
Que la masacre quede enterrada bajo todo lo que ocurrió después.
Por eso se recuerda.
No para impedir la paz.
Para impedir que la paz tenga como precio olvidar por qué fue necesaria.
Fuentes documentales de este especial
Este especial se apoya, entre otras fuentes, en la cobertura de Reuters del tercer aniversario y de la evolución de Gaza, los rehenes y la guerra con Irán; los informes de Naciones Unidas sobre el ataque del 7 de octubre y violencia sexual relacionada con el conflicto; testimonios y evaluaciones públicas de la inteligencia estadounidense; informes del Congressional Research Service; documentación del Departamento del Tesoro de Estados Unidos sobre financiación de Hamás, Hezbolá y redes vinculadas a Irán; documentación oficial israelí; y fuentes históricas sobre los mecanismos de financiación catarí a Gaza y su coordinación con Israel.


