Un año después, el plan estadounidense que debía convertir el alto el fuego de Gaza en una salida política sigue atrapado entre una paz incompleta y una guerra que nunca terminó del todo.
El acuerdo impulsado por Donald Trump consiguió resultados que parecían difíciles de imaginar en 2025: suspendió las operaciones militares a gran escala, permitió la liberación de los últimos rehenes capturados por Hamas y facilitó la salida de cientos de prisioneros y detenidos palestinos de cárceles israelíes.
Pero las fases posteriores —desarme de Hamas, retirada israelí, fuerza internacional, nueva administración palestina y reconstrucción— siguen muy lejos de completarse.
La diferencia entre alto el fuego y paz nunca había sido tan visible.
Lo que sí consiguió el acuerdo
La primera fase del plan de veinte puntos entró en vigor en octubre de 2025.
Israel redujo sus operaciones militares y se replegó inicialmente hacia una línea que dejaba alrededor del 53% de Gaza bajo su control. Hamas liberó a los rehenes restantes. Israel liberó a cientos de palestinos presos o detenidos. La entrada de ayuda humanitaria aumentó respecto al periodo de guerra abierta.
El resultado más importante es que Gaza no ha vuelto a experimentar una campaña militar de la escala de los dos años anteriores.
Eso no es un detalle menor.
Un alto el fuego imperfecto puede salvar vidas aunque no resuelva las causas de la guerra.
El problema es que el plan estaba diseñado para avanzar de esa primera fase hacia una transformación completa del enclave. Esa transición es la que se ha bloqueado.
Israel controla hoy más territorio que al inicio de la tregua
La línea de retirada inicial debía dejar a las fuerzas israelíes controlando algo más de la mitad de Gaza.
Un año después, Reuters sitúa el control efectivo israelí en torno a dos tercios del territorio.
Las líneas militares han avanzado y una población de aproximadamente dos millones de personas se concentra en una franja cada vez más reducida, con amplias zonas urbanas destruidas o inaccesibles.
Israel sostiene que necesita libertad de acción para impedir que Hamas se rearme y para responder a intentos de ataque. Hamas acusa a Israel de incumplir el espíritu del acuerdo y utilizar la seguridad como argumento para evitar la retirada.
Sin un mecanismo aceptado por ambas partes, cada incidente refuerza la posición de la otra.
Israel dice que no puede marcharse mientras Hamas conserve capacidad militar.
Hamas sostiene que no puede entregar todas sus armas mientras la ocupación militar continúe.
Es el bloqueo central del acuerdo.
El alto el fuego no ha eliminado las muertes
No ha habido retorno a una guerra total, pero los ataques continúan.
El Ministerio de Salud de Gaza afirma que al menos 1.400 palestinos han muerto por fuego israelí desde el inicio del alto el fuego. Israel sostiene que sus operaciones se dirigen contra miembros de Hamas y acusa al grupo de intentar reconstruir su capacidad militar.
Hamas rechaza esas acusaciones y denuncia ataques contra población civil.
Cinco militares israelíes han muerto por acciones de militantes palestinos o en combate durante el mismo periodo, según el Ejército israelí.
Las cifras procedentes de las partes deben interpretarse con su origen claramente identificado. El Ministerio de Salud de Gaza no separa en todos sus balances combatientes y civiles, mientras las cifras militares israelíes responden a sus propios registros operativos.
La conclusión verificable es menos discutible: la violencia se redujo respecto a la guerra abierta, pero no cesó.
Hamas ha dado pasos retóricos hacia el desarme, pero no ha entregado las armas
Durante el verano se presentó una hoja de ruta de quince puntos para avanzar hacia el desarme de Hamas y de otros grupos armados.
La propuesta preveía que las armas fueran almacenadas bajo supervisión del Gobierno tecnocrático palestino respaldado por Estados Unidos y que una fuerza internacional de estabilización asumiera progresivamente funciones de seguridad mientras Israel se retiraba.
Hamas evitó utilizar la palabra «desarme», pero aceptó públicamente la idea de entregar sus armas a un mecanismo de custodia.
Israel consideró insuficiente el planteamiento y mantiene que no retirará completamente sus fuerzas hasta que Hamas esté desarmado de forma verificable.
Ese desacuerdo semántico es en realidad estratégico.
Para Israel, almacenar armas bajo control palestino sin destruir estructuras militares no garantiza que Hamas deje de ser una amenaza.
Para Hamas, una entrega total e irreversible sin retirada israelí equivaldría a renunciar a su principal instrumento de poder antes de recibir garantías sobre el futuro político de Gaza.
La fuerza internacional todavía no existe sobre el terreno a la escala prevista
El plan contemplaba una International Stabilization Force que debía facilitar la transición de seguridad.
Existe un mando designado y varios países —entre ellos Indonesia, Marruecos, Kazajistán, Albania, Kosovo y Uganda— han comprometido personal. El objetivo a largo plazo sería desplegar unos 20.000 efectivos y formar una fuerza policial palestina de alrededor de 12.000 agentes.
Pero el dispositivo no está plenamente constituido ni desplegado.
Sin esa fuerza, el vacío entre una retirada israelí y la sustitución del control de Hamas no tiene una respuesta operativa creíble.
La cuestión no es simplemente encontrar soldados.
Una misión internacional necesitaría mandato, reglas de enfrentamiento, financiación, logística, inteligencia y acuerdo político suficiente para no convertirse en una fuerza atrapada entre Israel, Hamas y facciones palestinas rivales.
La nueva administración palestina sigue fuera de Gaza
El plan estadounidense también preveía una administración tecnocrática palestina que gestionara el enclave durante la transición.
El National Committee for the Administration of Gaza fue constituido bajo la dirección de Ali Shaath, antiguo viceministro vinculado a la Autoridad Palestina de Ramala.
Sin embargo, ese órgano todavía no ejerce plenamente el gobierno dentro de Gaza.
Hamas conserva poder en las zonas donde vive la mayor parte de la población, mientras Israel controla militarmente amplias áreas del territorio.
Sin autoridad efectiva, cualquier plan de reconstrucción tropieza con una pregunta elemental: quién decide sobre suelo, permisos, seguridad, contratos, policía y distribución de ayuda.
La reconstrucción es el gran fracaso material
La escala de destrucción hace imposible hablar de normalización sin reconstrucción.
El Board of Peace ha anunciado un fondo inicial de 2.450 millones de dólares para comenzar trabajos. La cifra puede parecer elevada hasta compararla con la necesidad estimada.
Una evaluación de Naciones Unidas y la Unión Europea citada por Reuters calcula que Gaza necesitará alrededor de 71.400 millones de dólares durante la próxima década.
El fondo anunciado representa solo una fracción de ese volumen.
Mientras tanto, muchas familias siguen utilizando materiales recuperados de edificios destruidos para reforzar tiendas y refugios improvisados.
La reconstrucción no depende únicamente del dinero. Requiere entrada de cemento, acero, maquinaria, combustible, repuestos y equipos que Israel controla por razones de seguridad y posible uso dual.
Ese control crea un dilema real: materiales necesarios para reconstruir también pueden tener aplicaciones militares.
La solución exige inspección y trazabilidad, no simplemente abrir o cerrar la frontera.
El hambre disminuyó, pero la emergencia continúa
La ayuda humanitaria aumentó después del alto el fuego, pero las organizaciones internacionales consideran que sigue siendo insuficiente.
El sistema IPC estima que más de 1,2 millones de personas permanecen en situación de inseguridad alimentaria aguda.
Un informe citado por Reuters calculó un promedio de 227 camiones diarios de ayuda y mercancías durante parte del periodo posterior al acuerdo, muy por debajo de los 600 previstos como referencia en el plan.
Israel sostiene que actualmente entran alrededor de 600 camiones diarios y que existe volumen suficiente de bienes. Las organizaciones humanitarias denuncian restricciones sobre determinados materiales considerados de posible doble uso.
Las dos afirmaciones no pueden resolverse contando únicamente vehículos. Importa qué entra, a qué zonas llega, quién lo distribuye y cuántas personas pueden comprar o recibir los productos.
Las elecciones israelíes pueden alterar el equilibrio
Israel celebrará elecciones generales el 27 de octubre.
La guerra y el futuro de Gaza serán asuntos centrales. Partidos de derecha han vuelto a defender la llamada «emigración voluntaria» de palestinos, mientras sectores de la oposición apoyan continuar el marco negociado con Estados Unidos.
La posición de Benjamin Netanyahu y de sus socios después de las elecciones determinará en buena medida si Israel acepta nuevas retiradas o endurece las condiciones de desarme.
La política doméstica israelí se convierte así en una variable del alto el fuego.
También lo es la capacidad de Trump para seguir presionando a ambas partes una vez agotado el impacto inicial de la liberación de rehenes.
Qué ha funcionado
El plan consiguió detener la guerra a gran escala, liberar rehenes y prisioneros y aumentar la entrada de ayuda.
Esos resultados son concretos y no deberían minimizarse.
Qué no ha funcionado
Hamas conserva armas y estructura política. Israel mantiene control militar sobre alrededor de dos tercios del enclave. La fuerza internacional no está desplegada en la escala prevista. La administración tecnocrática no gobierna efectivamente Gaza. La reconstrucción está prácticamente en su fase inicial y la población continúa viviendo en condiciones humanitarias extremas.
Qué sabemos
El alto el fuego ha resistido en su forma básica durante un año, pero con ataques recurrentes y víctimas.
La primera fase del acuerdo se cumplió mucho mejor que las siguientes.
Qué no sabemos
No existe todavía una fórmula aceptada por Israel y Hamas para secuenciar desarme y retirada. Tampoco está asegurada la financiación de la reconstrucción ni el mando efectivo de una transición palestina.
Un año después, el plan de Trump no puede calificarse simplemente como éxito o fracaso.
Funcionó para detener una guerra total. No ha funcionado todavía para construir la paz que debía sustituirla.
Y mientras esa segunda parte no avance, Gaza seguirá viviendo en el espacio más frágil de todos: el que existe entre una guerra que no termina y una paz que no empieza.
Fuentes consultadas
Reuters; datos de IPC; evaluaciones citadas de Naciones Unidas y Unión Europea; declaraciones israelíes, palestinas y estadounidenses recopiladas el 6 de octubre de 2026.



