Hay campañas que buscan gustar y hay campañas que buscan romper una inercia. La acción que recorre Madrid estos días alrededor del tercer aniversario del 7 de octubre pertenece claramente a la segunda categoría.
Dos autobuses han convertido las calles de la capital en un soporte móvil para una idea incómoda pero elemental: antes de discutir todo lo que vino después, conviene recordar cómo empezó este ciclo de guerra. El ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023 no puede convertirse en una nota al pie de una conversación pública dominada tres años después por imágenes, consignas y posiciones cada vez más cerradas.
La campaña atribuida a ACOM —Acción y Comunicación sobre Oriente Medio— no necesita estridencias para conseguirlo. Su principal virtud es precisamente la contraria: formula una pregunta, establece una analogía emocional comprensible para el público español y deja que el receptor termine el razonamiento.
Ese mecanismo es mucho más potente que otro cartel construido para convencer únicamente a quienes ya están convencidos.
Una idea sencilla: hacer comprensible una experiencia ajena
El eje creativo parte de la experiencia reciente de Ceuta. No para afirmar que lo ocurrido en la ciudad española sea equivalente a la masacre del 7 de octubre —los propios impulsores rechazan expresamente esa equiparación—, sino para utilizar una sensación que hoy resulta cercana a muchos españoles: observar una frontera sometida a presión y preguntarse qué obligación tiene un Estado de proteger a quienes viven detrás de ella.
A partir de ahí, la campaña introduce el salto.
¿Qué ocurriría si quienes atravesaran esa frontera entraran armados? ¿Qué pasaría si atacaran viviendas, asesinaran familias, persiguieran a jóvenes reunidos en un festival o secuestraran a ciudadanos para llevarlos al otro lado?
La pregunta funciona porque no exige conocer durante años la historia de Oriente Medio. Tampoco obliga al ciudadano que ve pasar el autobús a compartir toda la política del Gobierno de Israel. Le pide algo mucho más básico: imaginar el miedo del otro antes de juzgarlo.
Eso es comunicación.
Y es precisamente lo que tantas campañas políticas e institucionales olvidan cuando confunden contundencia con ruido.
No es una campaña contra los palestinos
Hay otra decisión relevante en la ejecución. La campaña no convierte a los palestinos en un sujeto colectivo culpable ni utiliza la experiencia de Ceuta para criminalizar a una población por su origen o su religión.
La precisión es imprescindible.
Se puede recordar el 7 de octubre, condenar a Hamás, defender el derecho de Israel a existir y a proteger a su población y, al mismo tiempo, sostener que la población civil palestina no es responsable colectivamente de las decisiones de una organización armada ni debe ser deshumanizada.
La campaña gana precisamente cuando se mantiene dentro de ese marco.
Su tesis no necesita exageraciones: una sociedad que exige para sí seguridad, soberanía y protección de sus fronteras debería ser capaz de comprender que otra sociedad reclame esas mismas cosas.
Después habrá un debate legítimo sobre cómo se ejerce esa defensa, cuáles son sus límites, qué responsabilidades políticas existen y qué consecuencias ha tenido la guerra para Gaza. Pero ninguna de esas discusiones exige borrar el acontecimiento que la desencadenó.
El gran acierto: sacar el 7-O de las redes y devolverlo a la calle
El soporte también importa.
En una época en la que casi todo el debate político se consume a través de algoritmos que terminan enseñándonos aquello con lo que ya estamos de acuerdo, un autobús conserva una ventaja extraordinaria: no puedes seleccionar quién lo ve.
Cruza barrios, avenidas, semáforos y públicos distintos. Se encuentra con simpatizantes, indiferentes y adversarios. Aparece delante de alguien que jamás seguiría a ACOM en X, que nunca abriría una tribuna sobre Israel y que quizá ni siquiera esté buscando información política en ese momento.
Durante unos segundos, el mensaje ocupa su espacio visual.
Ese es uno de los grandes méritos de la acción.
ACOM ha entendido que la batalla por la memoria del 7 de octubre no puede desarrollarse únicamente dentro de comunidades digitales que ya conocen los argumentos. Hay que sacar el mensaje fuera. Llevarlo físicamente al centro de Madrid es, en ese sentido, una decisión de comunicación lógica y muy difícil de ignorar.
Cuando el rechazo también revela alcance
Parte de la conversación generada por la campaña ha llegado en forma de rechazo desde posiciones propalestinas.
Conviene ser rigurosos aquí: que una campaña enfade a sus adversarios no demuestra automáticamente que sea eficaz. El enfado no es una métrica de persuasión y sería intelectualmente pobre convertir cada crítica en una medalla.
Pero sí demuestra algo.
Demuestra que el mensaje ha atravesado el perímetro cómodo de quienes ya simpatizaban con él.
Cuando una acción concebida para recordar el 7 de octubre obliga a sus críticos a fotografiarla, compartirla, discutirla, desmontarla o tratar de desacreditarla, la campaña obtiene una segunda capa de distribución que ya no depende de sus propios canales.
La oposición se convierte involuntariamente en amplificación.
Eso no significa que quien comparte el autobús para criticarlo termine convencido. Significa que miles de personas que quizá nunca habrían visto la campaña llegan a conocerla porque alguien que la detesta ha decidido enseñársela.
Desde el punto de vista estrictamente comunicativo, es un efecto que cualquier estratega observa.
Una maniobra serena en un aniversario especialmente cargado
La fecha hace todavía más relevante la elección del tono.
El 7 de octubre se ha convertido en una jornada de enorme tensión simbólica. Este año coincide además con decenas de movilizaciones y actos en apoyo de Palestina en España y con iniciativas judiciales de ACOM contra convocatorias que la organización considera susceptibles de incurrir en enaltecimiento del terrorismo o humillación de las víctimas.
En ese contexto habría sido fácil construir una campaña agresiva, partidista o deliberadamente provocadora.
La opción elegida es más inteligente.
No empieza insultando al receptor. No exige adhesión a un partido. No pide aprobar cada decisión israelí. No reduce un conflicto complejísimo a una pegatina.
Pregunta.
Y una pregunta bien construida puede resultar mucho más difícil de esquivar que un eslogan.
Ceuta como espejo emocional, no como equivalencia histórica
La referencia a Ceuta es seguramente el elemento más discutible y, al mismo tiempo, el más interesante de toda la campaña.
La comparación debe manejarse con precisión porque Ceuta y el 7 de octubre no son acontecimientos equivalentes. Los propios organizadores lo han señalado. Confundirlos debilitaría la campaña y sería históricamente irresponsable.
Pero una analogía no necesita afirmar que dos acontecimientos sean idénticos.
Puede utilizar un elemento común —en este caso, la percepción de vulnerabilidad territorial y la expectativa de protección del Estado— para permitir que una sociedad comprenda emocionalmente una experiencia que de otro modo observa desde miles de kilómetros.
Ahí reside el recurso creativo.
La campaña no dice que Ceuta sea Israel. Pregunta al ciudadano español qué sentiría si una situación de inseguridad fronteriza que conoce se transformara en algo incomparablemente más violento.
Es una diferencia fundamental.
Recordar el origen no obliga a ignorar lo ocurrido después
Defender la legitimidad de esta campaña tampoco exige borrar Gaza.
La devastación sufrida por la población palestina, las decisiones del Gobierno israelí, la actuación de Hamás, la situación de los rehenes, la ayuda humanitaria o las responsabilidades internacionales deben seguir siendo sometidas a escrutinio periodístico.
Pero existe una tendencia perniciosa cuando el análisis de todo lo ocurrido después termina haciendo desaparecer el 7 de octubre del relato causal.
Recordarlo no resuelve el conflicto.
Lo que hace es impedir que la memoria empiece en el capítulo que resulta más cómodo para cada posición política.
Y eso, tres años después, sigue siendo necesario.
La comunicación funciona cuando obliga a pensar
El Estándar considera acertada esta campaña por una razón que va más allá de Israel.
Es un ejemplo de cómo una organización puede intervenir en una conversación extremadamente polarizada sin renunciar a una posición y sin necesidad de convertir cada frase en un grito.
Hay una idea clara. Hay un soporte adecuado. Hay una conexión con una experiencia reconocible para el público español. Hay una llamada emocional que puede comprenderse en segundos. Y hay suficiente fricción como para que quienes están en contra también participen en su difusión.
Eso es una acción de comunicación bien planteada.
Queda por conocer su impacto cuantitativo real: alcance, recuerdo, conversación generada y, sobre todo, capacidad para modificar percepciones. No disponemos todavía de una medición pública que permita convertir impresiones en cifras.
Pero hay algo que ya puede afirmarse.
Los autobuses están circulando. La gente los fotografía. Se habla de ellos. Quienes los apoyan los comparten y quienes los rechazan también.
En una batalla comunicativa donde el peor resultado posible es la indiferencia, ACOM ha conseguido exactamente lo contrario.
Y en este 7 de octubre, eso importa.

